Álex N. Lachhein

12 de agosto de 2026 · Álex N. Lachhein

¡Que viene el lobo!

Los peregrinos del «Codex Calixtinus» se cargaban de piedras en Triacastela y los niños del campo esperaban encerrados en jaulas anti-lobo. Ocho siglos después, el lobo —al que salvó Félix de la extinción total, no los despachos— vuelve a enfrentar al campo con la política. Esta es la historia entera: la del exterminio, la del informe «fake» del 2021 y la de los números que se retuercen para que nada cambie.

Lobo ibérico al atardecer en una ladera castellana

Arrímense a la lumbre: la historia es larga y acaba, de momento, en un despacho.

Piedras en el zurrón

El «Codex Calixtinus» de la Catedral de Compostela —sí sí, el que robaron— ya contaba en el siglo XII que los lobos se comieron a un peregrino en Bercianos del Camino, entre Sahagún y Mansilla. Y que todos «los previsores peregrinos en llegados a Triacastelo, se cargaban bien de piedras que no soltaban hasta llegar a Castañeda, pasando así lo peor del Camino bien armados y en grupos». No es folclore. A los hijos de los campesinos los encerraban en jaulas anti-lobo cuando acompañaban a sus padres a la era; que era casi siempre. Y los últimos lobos devoradores de hombres mataron hasta anteayer: la manada invernal zamorana del 1856, la de Chantada en el 1881, la loba de Vimianzo en el 1957/59, la orensana de Rante en el 1974. Ataques y muertes —sobre todo de niños— se cuentan por docenas en nuestra tradición oral y por cientos en el mundo; Galicia, la más castigada. Hay documentada una treintena de ataques, la mayoría mortales, de mitad del siglo XIX a los setenta del XX; y seguramente sean muchos más. Hoy es tema tabú. El lobo jamás fue ni podría ser devorador de hombres, dicen los ecologistas, y una legión de «haters» se tira a degüello de quien ose desvelarlo. Casualmente, obran en mi poder los documentos de casi todos los casos, sé de lo que hablo.

Lo que sabía Félix

La otra cara, el exterminio. En los dos primeros tercios del siglo XX el lobo ibérico (Canis lupus signatus), alimaña oficial y enemigo público nº 1, toca fondo en nuestro país tras haber desaparecido de casi toda Europa occidental (salvo Italia y Portugal): armas, lazos, cepos, trampas, veneno y expolio de cubiles, sin tregua. Las célebres y de ignominioso recuerdo Juntas Provinciales de Control de Alimañas del pasado régimen —cuatro millones de animales muertos en 40 años— lo acorralan a golpe de suculentas primas. En los 70's, cuello de botella biológico: poco más de 300 efectivos. Al borde de la extinción, un solo hombre entra como elefante en cacharrería en la inexistente realidad conservacionista española y gracias a sus influencias políticas, lo saca de la lista de alimañas para declararlo pieza de caza mayor: el Dr. Rodríguez de la Fuente. Su trofeo adquiere valor, mucho valor, y los guardas de campo, de perseguirlo a sangre y fuego, pasan a protegerlo como a cualquier corzo, venado o macho montés. Eso lo salva. Félix, naturalista pero también cazador, sabía que la protección a ultranza desde los despachos habría acabado con la especie. Gracias a eso, creció nuestra población lobera, que en los 80's entramos en Europa como el país de Europa occidental con más lobos, desaparecidos ya de todo el Viejo Mundo. La Directiva Hábitats de Bruselas hizo con España una excepción: frontera en el Duero. Al norte, con el 95% de los lobos, gestión mediante caza deportiva o control letal administrativo; al sur del Río, protección estricta. Se superaron los 2.000 lobos, casi todos al norte, donde se podía cazar: descastes y gestión cinegética funcionaban. Al sur, blindado por ley, menguaron los cánidos hasta desaparecer de Sierra Morena primero, y de toda Andalucía después.

Informe «fake» y tongo

¿A qué viene esto? Pues a que, tras el Mercosur y la última tractorada de ganaderos y agricultores en Madrid —y la denuncia de una ganadera en el programa de Tv «Horizonte»—, volvió a primera plana que Bruselas no es el único problema de quienes ponen carne fresca en los lineales de nuestros supermercados: también el lobo; y ante él, igual de desprotegidos. Lo denuncian hace años; los políticos, décadas de ponerse de perfil por las encuestas y los ecologistas; los medios, mudos por lo mismo y por las audiencias. La cosa arranca en el 2021: el MITECO mete al lobo en el LESPRE (Listado de Especies de Especial Protección) por presión de los chiringuitos ecologistas, apoyado en el informe de un supuesto comité de expertos presidido por un ictiólogo del CSIC, y sin un solo firmante experto en lobos. Y mira que los tenemos buenos en España, oye. Pues nada… El argumento principal de dicho informe para justificar la conservación de la especie no era científico, sino filosófico: la «gran pérdida histórica y cultural» de su posible desaparición. Somos el país de Europa occidental con más lobos: unos 4.000 según en qué épocas del año. Quien sí que peligra de verdad es el hombre del campo. Con ese informe, el Gobierno convocó una votación telemática (Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, 4 de febrero de 2021). Fraudulenta: votaron comunidades que no soportan ni un sólo cánido en su territorio; Asturias, Galicia, Cantabria y Castilla y León, las cuatro con más lobos, votaron en contra. Empate. Teresa Ribera quiso que su voto de calidad contara doble; sus servicios jurídicos, le dijeron que eso no podía ser. Se repitió la votación sin Ceuta —«problemas de conexión»— y por un solo voto se prohibió la caza de gestión del lobo en toda España, y no sólo al sur del Duero.

Cuatro años de barra libre

Del 2021 a finales del 2025 nadie pudo tocar un pelo a un lobo: sobrevivieron todas las camadas, las reses morían noche tras noche ante ganaderos impotentes y los ataques crecieron un 30%, con pérdidas brutales y millonarias —Castilla y León: 47% y 6.000 reses muertas al año—. Ataques al alza, pérdidas e indemnizaciones que no funcionan llevaron al Congreso a aprobar en el 2025, a instancias de PP, VOX, PNV, Junts y UPN, una enmienda en la Ley de Pérdida y Desperdicio Alimentario que sacaba al lobo del LESPRE. Los ecologistas declararon su particular alerta antifascista, incendiaron los medios, amenazaron con tribunales a quien autorizara descastes, caza deportiva o control letal, y liaron al Defensor del Pueblo: Ángel Gabilondo, tras 278 solicitudes, recurrió al Constitucional —artículo 45, por priorizar la ganadería sin equilibrio ambiental, y 24.1, por tutela judicial efectiva: según él, cambiar el estatus del lobo con una ley de residuo alimentario excedía las competencias del Congreso—. La admisión a trámite, en julio del 2025, pudo en teoría suspender la desprotección y, dicen ecologistas y PACMA, también paralizar cautelarmente la caza. Afortunadamente para los ganaderos, de momento no: fue y sigue siendo, un pequeño respiro.

La guerra de los censos

Europa, mientras, va por otro lado: el Parlamento Europeo ya no considera al lobo «estrictamente protegido» y ha cambiado la Directiva de Hábitats asumiendo sus complejas co-existencias con el Hombre; cada país puede tomar medidas regionales propias si mantiene poblaciones en estado favorable. ¿Y el nuestro? Desde que en el 1970 Félix lo metiera entre las especies cinegéticas, la población lobuna no ha dejado de crecer: 297 manadas en el censo oficial del 2014; 333 en el nacional coordinado del 2021-2024, un 12% más —las autonomías hablan de 370-380—. Portugal cría unas 58 manadas más. ¿Qué hace pensar que ese estado no sea favorable? El lobo, esquivo tras siglos de persecución, no se deja contar: se censa por métodos indirectos —foto-trampeo, marcas en árboles, huellas, excrementos, coros de aullidos— y muy, muy a la baja: los científicos temen ser acusados de inflar los censos para justificar la caza. Súmenle la media oficial de siete miembros por manada, otra falsedad: el clan familiar lo componen la pareja reproductora, los sub-adultos del año anterior y los cachorros del año en curso; a cuatro cachorros por camada de media —a la baja— salen mínimo diez por clan. Al menos 3.300 lobos, no los 2.000 que dicen los ecologistas; en mi opinión, más cerca de los 4.000 que de los 3.000 debido a la población de lobos errantes y solitarios, casi imposibles de censar. Respuesta de los ecologistas: sacarse de la chistera un número mágico, 500 hembras reproductoras como umbral de viabilidad para un 'estado favorable'. Las 333 manadas serían solo 333 hembras: estado desfavorable según la Directiva Hábitats, y el MITECO no podría autorizar controles letales; protección estricta en todo el territorio. Cifra que saben que no se cumple en España ni en muchos países de Europa.

Antes de que se apague la lumbre

Los datos, para terminar. Juzguen ustedes quién exagera:

  • Europa: de 13.492 lobos (2013-2018) a 20.000 en el 2023; entre el 1965 y el 2016 se multiplicó la población casi por veinte.
  • En el continente europeo los lobos matan 65.000 animales domésticos al año.
  • España: más de 13.000 cabezas de ganado al año, 35 al día, el 20% de los daños de la UE.
  • Compensaciones anuales: unos 5 millones de euros; háganse idea de las pérdidas por pastor y ganadero.
  • Las autonomías: +23,56% en siete años; el Gobierno lo rebaja a 333 manadas.
  • Ese aumento, más los cuatro años de blindaje, golpea a la ganadería extensiva: desde el 2020 cierran más de 6.200 ganaderías —1.550 al año en el sector extensivo—; de 14.912 explotaciones en el 2017 a menos de 10.000 en el 2024.

La Naturaleza no es un peluche: es el gran juego de la vida y la muerte. Que nadie me busque en la trinchera de los exterminadores: mi oficio es contar su día a día sin edulcorar y defendiéndola, como Félix. Y defenderla, a veces, es contar esto. Al lobo ya lo salvó él. El que peligra ahora es el hombre del campo. Cuando oigan «¡que viene el lobo!», no miren al monte: miren a los despachos.